HACIENDO BLANCO SOBRE EL NEGRO

13/06/2020
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Isabel María Álvarez

No somos nada sobre esta tierra,

a menos que seamos, en primer lugar,

esclavos de una causa, la causa de los pueblos,

la causa de la justicia y la libertad.

Frantz Fanon

Nuestra Pachamama  es naturalmente polícroma y, cada territorio, tiene su propia paleta de colores. Sin embargo, la sensibilidad estética se corresponde con los pueblos que la habitan  y, cada cultura,  define  su simbología  conforme  a su cosmovisión.

En la cultura occidental, el color negro es percibido con cierto desdén. Asociado a la noche, al miedo a la oscuridad, a la falta de pureza y al luto, su connotación negativa alcanzó su magnitud en la  discriminación racial –pese a que, científicamente, está demostrado que las razas no existen porque todos pertenecemos a la misma raza humana–.

La lamentable y vergonzosa actualidad del tema me motiva a compartir una mirada alterativa desde la perspectiva de la cosmovisión andina. Comienzo por una experiencia personal:

Era un octubre de “Contrafestejo” y, un paisaje entretejido de voces y colores,  complementaba  el encuentro intercultural del que estaba participando. Las mismas acciones cobraban vida y se repetían, una y otra vez, en el espacio ferial: varias mujeres de trenzado cabello negro exponían sus  textiles sobre mesas improvisadas con tablones o mantas tendidas en el suelo. Me detuve en un puesto ante dos chales que llamaron mi atención y los tomé para sentir táctilmente la textura. Previo saludo, el diálogo surgió espontáneo:

Me gustan ambos. Llevaré los dos.

Son de mis  llamitas.  El blanco le cuesta $200; el negro $400.

Son muy suaves y abrigados ¿Por qué la diferencia si son idénticos?

Porque la llama negra es sagrada, señito. Algunos todavía no saben.

En un instante y, a partir de la nomenclatura binominal blanco-negro, la sabiduría de una artesana había deshilachado en hebras mis supuestos sobre la textilería andina. Supe entonces que, para mi pueblo, el color negro comportaba la misma sacralidad que la policromía del  arcoíris que había inspirado la creación de la Wiphala como emblema de los Pueblos Andinos. Vale acotar que, en sus obras, el Inca Garcilaso de la Vega identifica la existencia de, por lo menos, unos treinta y un colores.

Desde la certeza de que, “así como es arriba es abajo”, es ineludible colegir que la sacralidad del único color acromático y con nula claridad, también esté reflejada en el Cosmos en donde la  luz de la Luna y  de las estrellas convive con  las constelaciones oscuras o negras –nebulosas de polvo y de gas interestelar que forman figuras difuminadas a lo largo de  la Vía Láctea–. La  mítica  Yakana o llama sideral, cuya silueta se traslada estacionalmente  en el cielo del Hemisferio Sur, simbolizando  la fuerza vital y la contraparte cósmica de los auquénidos que pueblan el territorio altoandino, ilustra esta inferencia.

También en varios pasajes del fascinante libro Caminantes del Arcoíris, Atawallpa Oviedo Freire, legitima la sacralidad de la Luz Negra como el opuesto complementario de la Luz Solar. Consultado al respecto, sostiene el autor: “La Luz negra es la más poderosa entre todas las luces; quien amaestra la Luz negra, alcanza el poder de conducir su muerte; es decir, puede dejar su cuerpo e irse conscientemente”.

Asimismo, los cronistas coinciden en aseverar que, en el Incanato, durante la celebración del Intiq Raymin o Fiesta del Sol, el Inca –que era quien presidía el evento– siempre vestía de negro porque era el color más estimado debido a su incomparable pureza.

El código lingüístico contribuye igualmente a elucidar el tema: En lengua quechua, el vocablo yana como adjetivo significa “negro, oscuro, o muy oscuro”.  De esta raíz  deriva la palabra yanaconazgo con la que, en el léxico institucional prehispánico se designaba al grupo de individuos –los yanaconas– que gozaban del honroso privilegio de prestar servicios al Inca –Hijo del Sol y portador del más alto nivel de conciencia–.

Consumada la invasión española al Tawantinsuyo o  Cuatro Regiones del Sol, la palabra yanacona mutó  semánticamente: el nuevo sistema socioeconómico la asimiló para convertirla en un símbolo de esclavitud y comenzó a ser utilizada para nombrar a los hombres que, por haber resistido a la corona, estaban obligados a servirla. Pese a la posterior emancipación, esta herencia colonial de explotación,  se prolongó y subsistió  camuflada en el contexto de las haciendas durante el régimen republicano hasta que, con la Reforma Agraria   consolidada  en 1969, surgieron las cooperativas en Perú.

Si bien la caída del régimen que servía de soporte al yanaconazgo y a los yanaconas volvió obsoletos ambos vocablos, la lengua quechua nos revela otra acepción de la misma palabra: yana también es sustantivo y, como tal, significa: “novio/a, pareja, amante, enamorado/a querido/a” pues, en la lógica andina, el amor es sinónimo de “sujeción” voluntaria. De la raíz yana derivan otras bellas palabras: el sustantivo yanantin (pareja de convivientes comprometidos en amor) y el verbo yanapay (ayudar, auxiliar, colaborar, socorrer, asistir), es decir, trabajar con otros o cooperar, entre otras.

Esta mirada alterativa sobre el valor simbólico del color negro en los Andes, nos interpela a reflexionar sobre la soberbia cultural con la que, en el Siglo XVI el colonialismo europeo engendró el racismo en América, y en pleno Siglo XXI seguimos padeciendo extremos deshumanizantes, brutales y trágicos. La protesta generalizada en Estados Unidos y en el mundo entero, clamando justicia tras la reciente muerte de George Floyd en Mineápolis, es contundente: las connotaciones negativas de la metáfora cromática son insostenibles.

Solo la extinción de los prejuicios raciales y su corolario de desprecio a las subjetividades-otras que, los medios de comunicación han contribuido a estereotipar y a perpetuar,  permitirá  avanzar hacia la sociedad intercultural que nos debemos. El yanapay andino y su promesa de unidad  son un aporte a los nuevos vientos de transformación, que en este presente deben inspirarnos para seguir construyendo un mundo mejor.

Playa Unión. Chubut. Patagonia Argentina, 10 de junio de 2020.

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